Los bonaerenses tendrán una oportunidad histórica: colocar por primera vez en décadas a un bonaerense de pura cepa en el sillón que hoy ocupa Axel Kicillof.
Si se analiza en profundidad la política provincial de las últimas tres décadas, una constante se impone. La provincia más grande, más poblada y más productiva de la Argentina fue gobernada por porteños. Por figuras que vieron en Buenos Aires un trampolín hacia la Nación y no un territorio con identidad propia. Porteños que administraron la provincia desde una mirada centralista, ajena al barro, al conurbano y al interior profundo.
Es tiempo, entonces, de cambiar de estrategia. Pero fundamentalmente, de cambiar de perfil de gestión.
En esa búsqueda de un nuevo arquetipo, el electorado bonaerense comenzó a visualizar algunos nombres. Entre ellos, emerge con fuerza el del ex ministro de Infraestructura bonaerense e intendente de Malvinas Argentinas, Leo Nardini. Un modelo de gestión que, a diferencia de la media provincial, aprueba más del cincuenta por ciento de sus habitantes. No es un dato menor en tiempos de crisis de representación.
La filosofía de Nardini no se entiende desde los despachos. Se entiende desde el pensamiento aristotélico de la praxis. El conocimiento no está en la teoría, sino en el acto de hacer. Con muchas horas hablando mano a mano con sus vecinos, comprendió algo que la vieja política olvidó: el perfil del gobernante ya no es el del orador lejano, sino el del escucha cercano.
También es fundamental comprender, desde una mirada maquiavélica y weberiana a la vez, que los intendentes son el primer eslabón de la política ejecutiva. Son la célula fundamental del Estado. El lugar donde la abstracción del poder se vuelve cloaca, asfalto, luminaria y salud. Ver durante años candidatos que solo prometen y jamás ejecutan políticas públicas debería hacer reflexionar al electorado. Porque la democracia nos da una única oportunidad de apoyar o protestar, de elegir o de sacar. Y es solo el día de la elección. Ese día no se elige un nombre. Se elige el futuro de nosotros, de nuestros hijos y de las futuras generaciones.
En la provincia sabemos que hay muchas políticas públicas obsoletas, con visión de otras épocas. Hay que renovarse. Como decía Heráclito, nadie se baña dos veces en el mismo río. El Estado no puede seguir funcionando con lógica analógica en la era digital.
Estamos en la época en que comunicarse es instantáneo, donde un mensaje llega en tiempo real, pero un trámite administrativo todavía tarda años. Esa contradicción es filosóficamente violenta. Malvinas Argentinas, en ese sentido, entendió la lección.
Implementó atención al vecino por bots, telemedicina para descomprimir al sistema de salud, plataformas digitales para trámites. Pero no desde una tecnocracia fría. Lo hizo pensando en el ser humano. Como nos enseñó la película _In Time_ (El precio del mañana), donde el tiempo es literalmente la moneda de cambio, lo más valioso que tiene el ser humano no es el dinero. Es su tiempo. Su vida. Cada hora que un vecino pierde haciendo una cola en un edificio público es una hora de vida que el Estado le roba.
La gestión de Nardini propone devolverle ese tiempo a la gente.
En esa carrera, no está solo. El ex senador y diputado provincial, Luis Vivona también respaldó públicamente la carrera de Leo Nardini hacia la gobernación bonaerense. Un gesto que no es solo político, sino simbólico: el peronismo del conurbano entendiendo que la renovación no viene de afuera, viene desde adentro, desde el territorio.
Los bonaerenses tienen, quizás por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad de elegir a uno de los suyos. No a un porteño que usa la provincia. A un bonaerense que la habita.
Y esa, en términos hegelianos, sería la verdadera superación dialéctica de la historia bonaerense.
Pigliacampi Leonardo Gabriel, Periodista, Productor Audiovisual Universitario.



